Lunes de nuevo. O mejor dicho, lunes de viejo. No hay nada nuevo que esperar. Puedo recitar de memoria cómo va a ser el día y acertaré en un 99%

Es como una película antigua, ya gastada de tanto reproducirla. Una de ésas en blanco y negro que mis hijas ya no han visto y que cuando se lo explico, me dicen: “Ya estás con lo de siempre … cuando eras pequeño y sólo había dos canales en televisión. Qué aburrimiento!

Y la verdad es que las entiendo. Yo mismo me aburro de escucharme, de oírme repetir esas sentencias que ya decía mi abuelo cuando yo era pequeño: “Piensa mal y acertarás” … “No hay mal que por bien no venga” … y hasta eso de “El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. Bueno, mi experiencia indica que no dos sino muchas más porque aquí estoy encerrado en un bucle por mucho que me miro al espejo y me digo: “Tú puedes”.

A los americanos les funciona. Hacen esos cursos de motivación en los que gritan consignas mientras se dan golpes en el pecho y salen renovados y dispuestos a comerse el mundo. Pero aquí somos de otra pasta.

Está bien decir que hay que ser optimista pero qué motivos tengo para serlo.

Mi trabajo es angustioso. No sé cuánto tiempo va a sobrevivir la empresa y cada mes tengo que hacer todo tipo de cambalaches para despistar la realidad económica por la que estamos pasando. Me absorbe tanto tiempo y energía que llego, cada día, destrozado a casa.

Así que debería estar encantado de tener una mujer como la mía. Tan concienzuda y con todo tan organizado. Hasta sé dónde vamos a ir de vacaciones los próximos tres años.

Mis hijas pasan de mí salvo que necesiten que las lleve a algún sitio o convencerme para que les deje pasar algún fin de semana fuera.

A mi mejor amigo, en realidad el único de la infancia con el que me sigo viendo, le ha dado un infarto y se ha vuelto neurótico. Ya no come carne, sólo bebe agua y zumos verdes y hace meditación. Ha dejado de venir al futbol y nuestra comida mensual de entrecots, ha pasado a mejor vida.

En esta apasionante vida me encontraba y de tanto escuchar a mi amigo que hay que hacer algo que te llene, que te haga feliz, se me ocurrió apuntarme a un coro. Siempre me ha gustado cantar y dicen que no lo hago mal.

Al llegar a la clase de prueba, recibí el primer impacto. Sólo hay dos hombres. Tres, si yo continúo. Empezamos a hacer escalas y al principio me sentía un poco ridículo pero tengo que decir que le fui cogiendo el gusto. La directora del coro —también es una mujer— dijo que mi voz se empastaba muy bien con el resto. Deduje que eso era bueno por la cara que ponía —segundo impacto—, así que me fui más ligero a casa. Incluso llegué silbando y mi mujer me preguntó si había novedades respecto al trabajo.

¿Y si me inscribo por un trimestre al coro?
Quizá así este lunes rejuvenezca.