Siempre estás en las nubes, le dicen todos. ¿Y cómo no irse a su propio mundo, aquél en el que puede sentarse en la luna y comunicarse con seres que le escuchan y le comprenden, en vez de tener que soportar toda la violencia, toda la agresividad de su alrededor?
Siempre había sentido atracción por el vuelo y en ese planeta suyo, que recuerda al del Principito, su compañera de aventuras es una libélula en vez de una rosa. Los globos aerostáticos son el medio de transporte habitual y las nubes sirven de amorosos amortiguadores para los bamboleos de los noveles conductores.
En este entorno aéreo, Daniel se siente seguro. No hay empujones, ni gritos; no se escuchan amenazas ni golpes.
Y la costumbre de evadirse se va extendiendo, tanto que en el colegio piensan que es autista, sus vecinos que es un chico muy tímido y asustadizo, y los primos de Málaga que es un soso.
Empieza un nuevo curso y una joven maestra decide no darle como caso perdido y pone altas dosis de creatividad y sobre todo mucho, muchísimo amor, para acercarse a Daniel. Él desconfía y sigue en sus aventuras lunares pero el décimo séptimo día consecutivo de cole, en el que la joven ha tenido una atención especial con Daniel, éste encuentra una nota en su pupitre que le dice: ¿Quieres venir a mi nube? Me gustaría tu compañía.
El chico no da crédito, se queda totalmente descolocado, ¿cómo conocerá su mundo?, ¿cómo lo habrá adivinado? En ese preciso momento, un minúsculo trocito de la coraza de Daniel se disuelve.