Se ha levantado alegre. Una sonrisa le nace de dentro y todo lo que ve, confirma su optimismo.
El cielo es más azul que nunca, los semáforos se ponen en verde a su paso, se ha podido sentar en el autobús y su profe de inglés está sorprendentemente amable. Incluso Erik, el más borde de clase, permanece callado y aún no se ha metido con nadie.
Ayer fue su cumpleaños, no uno cualquiera, sino el quinceavo aniversario. Sus pluriempleados padres habían conseguido coincidir en un día de descanso y por fin lo habían pasado juntos. Nada muy especial para otros. Estuvieron en la playa.
Se bañaron en el mar. Su madre daba saltitos diciendo lo fría que estaba el agua mientras ella o su padre le salpicaban un poquito. Comieron la fantástica paella del chiringuito al que iban cuando era pequeña y en el momento de los postres, sin saber cómo, su madre apareció con una gatita.
Diminuta. Blanca. Suave. Una bolita de pelo con ojos.
Al acariciarla, ronronea bajito y ese tierno sonido consigue dejar a la chica en un estado total de paz. Siente calor en el pecho. Quiere cuidarla y protegerla para siempre.
No podía haber soñado mejor regalo.
El día transcurrió con la bebé en sus brazos o en un almohadón sobre sus piernas. No podía separarse de ella. Le despertaba una ternura infinita. Decidió llamarla Nieve.
Ha dormido poco, preocupada por aplastarla con su peso. Cada vez que se giraba, abría los ojos y observaba cómo todo el cuerpo de Nieve subía y bajaba con la respiración.
Se ha despertado sintiendo una pequeñita lengua áspera y húmeda en su mejilla. De un salto ha ido a buscar leche para alimentarla, sintiéndose profundamente satisfecha al notar que la gatita le sigue a todas partes.
Dejarla en casa ha sido difícil pero a la vez quería contar al mundo la buena noticia.
Respira felicidad por todos los poros de su piel y la irradia a su alrededor.
Sin ni siquiera darse cuenta.