En tensión. Siempre preparado. Como un tigre encerrado que se mueve de un extremo a otro de su jaula todo el tiempo, permanentemente listo para atacar, violento por pura supervivencia.

Ha vivido tanto tiempo con esa rabia dentro, esa ira que se extiende por todas sus células a la menor contrariedad, que cree que eso es lo normal, que le pasa a todo el mundo.

Y cuando su mujer no hace lo que él espera o el becario de su empresa tarda mucho en encontrar un expediente o su madre le vuelve a explicar sus males por millonésima vez, su fiera interior reacciona.

Empieza verbalizando un razonamiento que indica por qué no puede más y según van saliendo las palabras por su boca, se va calentando por dentro y ese fuego se convierte en ironías hirientes, exabruptos y cualquier forma de ataque verbal. Es incontrolable, para los demás y para él mismo.

Las reacciones son diversas y dependen de cómo es el otro, algunos intentan pararle los pies – y él se altera más -, otros le dan la razón como a los locos – y sus ojos se abren como si fueran a salirse de sus órbitas -, otros le evitan todo lo que pueden – y no comprende por qué huyen a su paso.

Lo que sí está claro es que cada vez está más solo, aunque esté rodeado de gente; se siente incomprendido y utilizado; y quisiera desaparecer, perderse en un lugar en el que no le conocieran y empezar de nuevo. Es un pensamiento que cada vez le seduce más, que se repite en sus pocos momentos de calma, con una copa de brandy en la mano. Su lealtad a la familia, a los que dependen de él es lo que le frena: Si no fuera por mis hijas …

Hoy, un día como cualquier otro, ha tenido que salir a una gestión urgente, que nadie de su equipo ha sabido resolver. Entre una llamada y otra, con miles de asuntos pendientes, ha ido él directamente.

– ¡Como siempre!. Si no lo hago yo, todo se alarga infinitamente – se dice a si mismo, mientras conduce de forma agresiva e intolerante.

Aparca en doble fila, baja del coche y camina acelerado, tan deprisa y tan concentrado en sus pensamientos que no ve un niño que viene de frente, de la mano de su madre. Y con su ritmo lo empuja con tal fuerza, que el niño cae violentamente sobre la acera.

La madre grita, otros viandantes se paran asustados y él, paralizado, alterna su mirada entre el niño inmóvil en el suelo y la madre aterrada. Al levantar la vista, ve su propio reflejo en el escaparate de una tienda y queda impactado. Ojos feroces, cejas juntas y hacia abajo, dientes apretados, puños apretados y postura rígida. Hasta a él mismo le da miedo.

En ese momento, le viene un pensamiento: ¿Para qué?