Ya desde pequeño le gustaba estar solo, adentrarse en el bosque hasta el río e improvisar una caña que lanzaba al agua mientras se sentaba tranquilamente a esperar. En realidad, no esperaba nada sino que dejaba pasar el tiempo mientras su mente imaginaba mil y un aventuras, en las que descubría parajes inexplorados volando sobre un águila imperial libre como el viento o conversaba por señas con aborígenes cubiertos sólo con un taparrabos y que le apuntaban con sus lanzas. Otras veces, se escondía en una vieja cabaña y desde allí escuchaba las risas de otros niños que jugaban al pilla-pilla, asomando de vez en cuando la cabeza para observarles desde la distancia, con curiosidad. Prefería no aproximarse. No quería escuchar cómo murmuraban sobre sus padres o la cara de pena que ponían otros adultos cuando le veían pasar.

Quizá como consecuencia de aquello, la soledad sea su protección para que no le hagan daño o simplemente sea una de esas almas libres, que valoran por encima de todo la sensación del viento en la cara y la ilusión de emprender viaje sin destino, sólo con una pequeña mochila a la espalda y una cámara de fotos.

Lo que sí está claro es que es un hombre de paz. No puede soportar la violencia. De ningún tipo. No le gusta el conflicto, ni le interesa discutir. Jamás ha competido contra otros, ni en el deporte, ni por un trabajo, ni por una chica. Tiene la teoría de que lo que tiene que ser para él, será. En ocasiones, esto le ha generado angustia porque su silencio ha sido interpretado como insensibilidad o tibieza. Han pensado que podían cargarle con todo el trabajo porque no protestaba o que a él se le podían cancelar los planes en el último momento porque nunca se enfadaba.

A cambio de paz ha tolerado el abuso, ese abuso sordo, disfrazado de “yo necesito”, “seguro que no te importa”,… Y esa carga que ha ido soportando, se ha convertido en tensión en los hombros, una rigidez y un peso que incluso le hace parecer más bajo, pero esos son sólo los síntomas externos. Vive como de puntillas. Duda de su capacidad de llevar adelante cualquier proyecto que se le ocurra, por sencillo que pueda parecer y todo se le hace un mundo, le genera inseguridad.

Pensaba que lo que le ocurría era lo normal, que la vida es difícil, que la gente no tiene palabra, que los jefes son unos tiranos y que la amistad en realidad es un intercambio desequilibrado de yo hago por ti y tú haces por mí. Tenía una visión que cada día confirmaba “Si hay algo susceptible de empeorar, seguro que lo hace” Su vida se había convertido en pura supervivencia, sin alicientes ni ilusiones; o al menos era así hasta hace muy poquito.

Su hermana le llamó un día y le dijo que tenía que venirse a vivir a su ciudad. Regresaba después de 8 años en Reino Unido y no lo hacía sola. Elsa, su hija, esa pequeña a la que en sus 5 años de vida sólo había visto en contadas ocasiones, ahora estaba en su casa. “Algo provisional, hasta que me organice” dijo su hermana; y antes de que él pudiera decir nada, continuó “Llegamos la semana próxima” Se presentó cargada de maletas y bolsas, con la nena agarrada a su falda. A partir de ahí, la dinámica de su silencioso hogar sufrió una gran transformación.

Las mañanas se han convertido en un torbellino, madre e hija con una energía desbordante, hablando sin parar, discutiendo porque la pequeña no quiere llevar manga larga o poniendo la secadora urgentemente porque la ropa de gimnasia todavía está húmeda. Por las noches, nada de tocar su guitarra porque Elsa tiene que ir pronto a dormir que si no, no hay quien la levante. Cambios en sus preciadas rutinas de soltero y solitario, que nunca había imaginado. Incluso se ha trasladado al mini-dormitorio de invitados dejándoles a ellas su propia habitación que ahora parece una pista de obstáculos, llena de juguetes, ropa de la pequeña, collares y bufandas de su hermana, y casi cualquier cosa.

Todo esto le ha hecho sentirse invadido y arrinconado en su propia casa, víctima de un nuevo complot del mundo contra él. Las últimas semanas casi ha sido un alivio ir a trabajar.

Pero el domingo, cuando estaba en el sofá con los ojos cerrados intentando relajarse y a ser posible, echar una siestecilla, notó que Elsa buscaba hacerse sitio y se acurrucaba junto a él. Este acercamiento espontáneo y silencioso, este reconocimiento como alguien especial, derribó algunas de sus barreras emocionales e hizo que una lágrima rodara por su mejilla, mientras abrazaba a la niña.

El colofón de una semana en la que han sucedido otros momentos de conexión. Un beso repentino mientras estaba concentrado leyendo en su iPad; una noche en la que Elsa sólo quería que fuese él quien le leyera el cuento antes de dormir y sobre todo, su forma de cogerse a su mano el día que fue a buscarla al cole porque su madre no podía ir.

¿Qué habrá visto Elsa en él, para no dejarse asustar por su cara seria y su voz profunda; sino bendecirle con su cariño, revitalizarle con su ternura y desentumecerle con su sonrisa?